Lo que quisieras.
Hiciste lo que muchas quisieran, y no fue ninguna brujería lo que practicaste; convertiste a un hombre en tu prisionero, encargado de explorar tu piel cada vez que se te apetezca. Es tu fuente de cariño, tu vientre de deseos, tal vez todo lo que quisiste en algún momento. Lo escondiste detrás de tus ojos y lo atrapaste en tu alma para que nunca lograra escapar. Lo enamoraste sin necesidad de hechizos, e hiciste que se inclinara ante tus pies con solo decir un te amo. Lo encarcelaste a tu cuerpo; quizás por eso ha encontrado un motivo de felicidad en cada lunar que posees. No hay necesidad de trucos, tampoco necesitas esforzarte, simplemente con rozarlo, o tan sencillo como aumentarle la adrenalina mediante un beso entre su paladar; solo con eso, puedes dirigirle la vida entorno a cualquier dirección.
Eres la dueña de sus encantos, la fuerza abismal de sus pasos, y la testigo de sus palabras. Con una mirada te conviertes en la obra principal de sus pensamientos; y con una caricia, como animal salvaje te alimentaste de su sangre a una fuerte temperatura. Por cada beso en la mejilla le inyectas una sobredosis de ternura, y en cada roce, lo puedes matar sin necesidad de agredirlo.
Lo sumerges en atracción, lo ahogas en fuego, y lo revives en pasión. Cada noche sin ti es una muerte lenta sin piedad alguna; cada palabra que salga de tu boca, entre su oído, es un dilema filosófico sobre la vida. Eres la paz de sus tragedias, o el silencio en medio de mil palabras. Lo callas con pensarte, lo inundas en morbosidad a causa de tu veneno empático que libera su morfina sexual.
Eres su despertar, y su más melancólico anochecer, te pierdes en sus pupilas y caminas en su contorno como reina adueñándose de su pertenencia. Lo inclinas al placer, o lo elevas al cielo en cada movimiento de cintura proveniente de tu sensualidad. Te imagina desnuda cada vez que te mueves; lo arrebatas como droga de campo, en medio de un acto complaciente. Lo haces volar en una nube fuera de la inmensidad. Lo vuelves loco, haces que se comporte como demente. Lo matas, o quizás le des ganas de vivir. Eres tú, el amor de su vida.
El Diario Anónimo
viernes, 14 de agosto de 2020
Una y mil noches.
Es extraño verte y notar que no me miras de la misma manera; aún recuerdo cuando siendo amigos se nos escapaba una sonrisa cada vez que nos mirabámos. Son más de dos años conociéndote, pero lo más soprendente es que hemos hablado una y mil noches desde el fantástico momento cuando nos estrechamos las manos por primera vez. Y así, en cada anochecer, me acostaba pensando en razones de cómo te comencé a querer de una manera especial. Y sin darme cuenta, ningunas fueron suficientes como para seguir teniéndote como amiga.
Entre las una y mil noches, simplemente me enamoré de ti; te idealizé tanto que supe ver esos motivos que me hicieron amarte en secreto. Nunca fueras creido si te confesaba las catástrofes emocionales que me causabas mientras te conocía, tampoco las húbieses entendido, al menos hasta que el sol se pudiera ocultar porque solo la luna era capaz de hacernos comprender lo mucho que te necesitaba.
Han pasado una y mil noches, pero te cuesta recordar nuestras promesas. Algún día estaremos sentados frente a las estrellas riéndonos sobre las veces que nos peleamos o de los errores que cometimos. Estoy luchando para que me recuerdes como el único hombre que te ha desnudado el alma con solo una palabra. Y si en un futuro me piensas olvidar, viajaré al pasado para tatuarte la sensación que mis besos te causaban, porque solo así podrás saborearme cada vez que extrañes el rozar de mis labios.
Una y mil noches; uno de tantos besos, una de mil promesas.
Un te extraño y miles de poemas; una y mil razones para amarte. Un beso, una flor, y miles de cartas para ti.
Es extraño verte y notar que no me miras de la misma manera; aún recuerdo cuando siendo amigos se nos escapaba una sonrisa cada vez que nos mirabámos. Son más de dos años conociéndote, pero lo más soprendente es que hemos hablado una y mil noches desde el fantástico momento cuando nos estrechamos las manos por primera vez. Y así, en cada anochecer, me acostaba pensando en razones de cómo te comencé a querer de una manera especial. Y sin darme cuenta, ningunas fueron suficientes como para seguir teniéndote como amiga.
Entre las una y mil noches, simplemente me enamoré de ti; te idealizé tanto que supe ver esos motivos que me hicieron amarte en secreto. Nunca fueras creido si te confesaba las catástrofes emocionales que me causabas mientras te conocía, tampoco las húbieses entendido, al menos hasta que el sol se pudiera ocultar porque solo la luna era capaz de hacernos comprender lo mucho que te necesitaba.
Han pasado una y mil noches, pero te cuesta recordar nuestras promesas. Algún día estaremos sentados frente a las estrellas riéndonos sobre las veces que nos peleamos o de los errores que cometimos. Estoy luchando para que me recuerdes como el único hombre que te ha desnudado el alma con solo una palabra. Y si en un futuro me piensas olvidar, viajaré al pasado para tatuarte la sensación que mis besos te causaban, porque solo así podrás saborearme cada vez que extrañes el rozar de mis labios.
Una y mil noches; uno de tantos besos, una de mil promesas.
Un te extraño y miles de poemas; una y mil razones para amarte. Un beso, una flor, y miles de cartas para ti.
Tinta Enamorada.
Tu piel ha sido víctima de mis escritos y tu cuerpo un noble testigo de una historia perfecta.
La tinta impregnada en tu piel se aglomeraba sobre las sabanas debido a que nuestros movimientos causaban que se distorsionaran las letras. Tus lunares deseaban ser saboreados por la llama atrapada en mi boca, mientras que el pincel hechizado entre mis dedos, recorría tu pierna concretando esas frases que te enamoraban.
Tu cuerpo era inocencia o quizás un pecado, una historia religiosa transcrita por un experto de satisfacción. Con mis labios saltando sobre un cuello sudoroso, fui marcando huellas que describían sobre como podíamos hacer de la culpa una gran virtud, y de como seriamos capaces de fabricar románticos sentimientos con una intensa unión de dos cuerpos enamorados.
Nunca olvides que hacerte el amor fue como haber tocado el cielo a un ritmo cauteloso como tu sensualidad, con tu pasión infernal fabricaste un mundo abundante sobre una mente desquiciada. Tanta lujuria manipulaba cada mínimo movimiento de mi pincel encima de tu figura. El tiempo no existía y la pureza de tu alma se desvanecía, pero a cambio te convertías en un hermoso poema.
Mis ojos caóticos leían tus movimientos de cintura, el sudor de tu pecho hizo que las palabras se esfumaran como brisa en primavera junto a gotas de cansancio; pero revivieron al instante gracias a una calentura delirante transmitida por dos labios juguetones que experimentaban la suavidad de tus senos.
No sabíamos si era la ternura de las letras que nos enamoraban, o si era tu increíble manera de hacerme sentir el hombre más afortunado de la tierra. Éramos los artistas preferidos en nuestro propio recital. Tu voz entonaba una de las melodías más apasionantes que expresaba el placentero dolor causante de mis movimientos dentro de ti.
Casi le ponía punto y final, en la parte inferior de tu espalda escribí las últimas palabras -Te amo-. Todo mi ser fue entregado a tu cuerpo, y mis inventos más insensatos fueron transcritos a tu piel.
No lo olvides, entre tú y yo, hemos escrito el poema más hermoso del mundo.
Tu piel ha sido víctima de mis escritos y tu cuerpo un noble testigo de una historia perfecta.
La tinta impregnada en tu piel se aglomeraba sobre las sabanas debido a que nuestros movimientos causaban que se distorsionaran las letras. Tus lunares deseaban ser saboreados por la llama atrapada en mi boca, mientras que el pincel hechizado entre mis dedos, recorría tu pierna concretando esas frases que te enamoraban.
Tu cuerpo era inocencia o quizás un pecado, una historia religiosa transcrita por un experto de satisfacción. Con mis labios saltando sobre un cuello sudoroso, fui marcando huellas que describían sobre como podíamos hacer de la culpa una gran virtud, y de como seriamos capaces de fabricar románticos sentimientos con una intensa unión de dos cuerpos enamorados.
Nunca olvides que hacerte el amor fue como haber tocado el cielo a un ritmo cauteloso como tu sensualidad, con tu pasión infernal fabricaste un mundo abundante sobre una mente desquiciada. Tanta lujuria manipulaba cada mínimo movimiento de mi pincel encima de tu figura. El tiempo no existía y la pureza de tu alma se desvanecía, pero a cambio te convertías en un hermoso poema.
Mis ojos caóticos leían tus movimientos de cintura, el sudor de tu pecho hizo que las palabras se esfumaran como brisa en primavera junto a gotas de cansancio; pero revivieron al instante gracias a una calentura delirante transmitida por dos labios juguetones que experimentaban la suavidad de tus senos.
No sabíamos si era la ternura de las letras que nos enamoraban, o si era tu increíble manera de hacerme sentir el hombre más afortunado de la tierra. Éramos los artistas preferidos en nuestro propio recital. Tu voz entonaba una de las melodías más apasionantes que expresaba el placentero dolor causante de mis movimientos dentro de ti.
Casi le ponía punto y final, en la parte inferior de tu espalda escribí las últimas palabras -Te amo-. Todo mi ser fue entregado a tu cuerpo, y mis inventos más insensatos fueron transcritos a tu piel.
No lo olvides, entre tú y yo, hemos escrito el poema más hermoso del mundo.
El beso.
-Jess, tengo una duda.
-Dime, amor.
-Es que... ¿Qué sientes al besarme? -pregunta con inseguridad.
Jess sonríe.
-Pues...
Ella me tenía atrapado en el tiempo, casi envuelto en su piel con el privilegio de poder sentirla. Estaba a solo un paso de conocer la muerte, siendo asesinado por una mirada tan hermosa y penetrante. Bastaba con solo un chasquido para desaparecer de la tierra, porque con su exquisito sabor me hacía caminar encima del universo y me daba el poder de intercambiar cada galaxia por el brillo de sus ojos. Era un instante mágico; un suceso surrealista, una suposición inexistente similar a lo fantasioso; era perfecto, como si formara parte de la imaginación. La contemplaba como si fuera la última imagen que observaría en el mundo; lo disfrutaba, como si mi vida estuviese a segundos de acabarse.
Me encontraba sumergido en la infinidad de un profundo mar pasional, ahogándome sobre su figura sin ninguna alteración en mis pulmones. Su olor me manipulaba; con mis labios, dibujaba las nubes entre sus piernas y en ellas viajábamos hacia la luna. Experimentaba el beneficio de flotar sobre el mismo camino de su circulación, sus venas eran inyectadas con una dosis excitante y satisfactoria creada por mis deseos. Pude traspasar su abdomen gracias a la picardía de mis labios; su leve contacto, provocaba que su inocencia fuese consumida por mi veneno. Era adictivo, caía en su constante provocación sin que me mencionara una palabra.
-¿Ya lo sabes?
Amanda queda sin palabras y lo mira detenidamente a los ojos.
-Descuida, amor -dice Jess-. Aún te lo puedo explicar.
La besa como si el mundo se fuese a acabar.
-Jess, tengo una duda.
-Dime, amor.
-Es que... ¿Qué sientes al besarme? -pregunta con inseguridad.
Jess sonríe.
-Pues...
Ella me tenía atrapado en el tiempo, casi envuelto en su piel con el privilegio de poder sentirla. Estaba a solo un paso de conocer la muerte, siendo asesinado por una mirada tan hermosa y penetrante. Bastaba con solo un chasquido para desaparecer de la tierra, porque con su exquisito sabor me hacía caminar encima del universo y me daba el poder de intercambiar cada galaxia por el brillo de sus ojos. Era un instante mágico; un suceso surrealista, una suposición inexistente similar a lo fantasioso; era perfecto, como si formara parte de la imaginación. La contemplaba como si fuera la última imagen que observaría en el mundo; lo disfrutaba, como si mi vida estuviese a segundos de acabarse.
Me encontraba sumergido en la infinidad de un profundo mar pasional, ahogándome sobre su figura sin ninguna alteración en mis pulmones. Su olor me manipulaba; con mis labios, dibujaba las nubes entre sus piernas y en ellas viajábamos hacia la luna. Experimentaba el beneficio de flotar sobre el mismo camino de su circulación, sus venas eran inyectadas con una dosis excitante y satisfactoria creada por mis deseos. Pude traspasar su abdomen gracias a la picardía de mis labios; su leve contacto, provocaba que su inocencia fuese consumida por mi veneno. Era adictivo, caía en su constante provocación sin que me mencionara una palabra.
-¿Ya lo sabes?
Amanda queda sin palabras y lo mira detenidamente a los ojos.
-Descuida, amor -dice Jess-. Aún te lo puedo explicar.
La besa como si el mundo se fuese a acabar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Lo que quisieras. Hiciste lo que muchas quisieran, y no fue ninguna brujería lo que practicaste; convertiste a un hombre en tu prisionero,...